lunes, 8 de febrero de 2010

me concederías esta pieza?


¡Atención! ¡Atención!
sonaban las campanadas del reino. Sonaban felices y alegres. Sonaban en todas las calles, en todas las casas, en todas las plazas. Nuestras hermosas campanas doradas que relucían con más brillo que nunca sobre la Catedral de Oanetoothrii. Los guardias las agitaban con vigor con la visión que tenían de las miradas afuera de las murallas del reino. Todos se asomaron para ver quien era el tan aclamado huésped que esperaba pacientemente con la Guardia Real. Y nadie lo creyó cuando las enormes puertas de roble se abrieron de par en par.

A las madres se les quemaron las comidas; los niños,boquiabiertos, salieron a la calle a ver desde menor distancia. Los obreros pararon todo lo que hacían, hasta los animales dejaron su rutina matutina para observar la caravana que se avecinaba hacia Sky High. No muchos sabían que se había ido, y no muchos notaron su regreso, pero aquellos que notaban cada día de su huida con profundo dolor, no sabían si llorar o gritar. Por fin era él.

Aquel que venia con una mirada cabizbaja, con una melena desgreñada, con el rabo entre las piernas y con la túnica vuelta harapos. ¡Era el Plebeyo!
Nuestro adorado Plebeyo, nuestro querido Plebeyo. Aquel que había sido engañado, aquel que había sido robado, aquel que había sido despojado de nuestro reino y nuestra Quinta en la batalla contra la Mendiga. Irreconocible, adolorido, y con una mirada perdida. Pero había regresado.

Un banquete hubo en su honor, y todos los nobles lo recibimos con los brazos abiertos. Los días siguientes en el instituto pasaron como si fueran otro semestre más y él iba a clases, estudiaba se bañaba y hacia todo lo que un caballero de su edad debía, pero al momento del reencuentro en clases notamos la verdadera mentira. Aunque no queríamos preguntar, notábamos las heridas, y no solo las físicas. Las de adentro, las del tambor y las de la azotea. El tambor, es aquel que esta dentro de nosotros tocando y latiendo un ritmo vanidoso y la azotea, aquella ubicada en la parte más alta del cuerpo, en donde se almacenan todos los recuerdos. ¡Todo era distinto! El brillo de su cara había desaparecido, así como su calor. Reía cruelmente de los defectos de los demás, irrespetaba y se la pasaba todo el día en un constante pensamiento perturbador. Intentábamos como barquito en tormenta la Princesa y yo, pero nada que lográbamos hacerlo hablar. Refugiado entre sus pergaminos y su piano de cola, tocaba una deprimente melodía haciéndolo recordar, aquellos días que había tenido que dejar a atrás, y a los oscuros hechizos que había sido a prueba. Había cambiado y nada de lo que hacíamos era suficiente. Todo el día era maldiciendo su putrefacto destino, su putrefacta vida y su putrefacta existencia.

Pero, el se había olvidado de algo que es inolvidable en los corazones de los habitantes de nuestro reino. Los verdaderos habitantes.

Cada año, en víspera de Navidad se elije a un grupo selecto de Mosqueteros para resguardar al pueblo, las familias nobles y al Reino entero. Eran los Mosqueteros Carmesí. Aquellos que, como descritos por Dumas, defendían a capa y espada a Francia. Que eran justos, rápidos y valientes. Aquellos hombres apuestos, misteriosos y aguerridos que hacían suspiras a las jovencitas. Mosqueteros que hacían un juramento ante su nación de dar su corazón por el filo de su espada y los ideales de su escudo. Y una vez que deslizas tu sangre por aquel pergamino y firmas con tu nombre, te encadenas espiritualmente a Llulviynmijart por siempre. Nada más decir su nombre hacia que se sintiera como miel, deslizándose por tu lengua.

En la planilla de re-inscripción no salia su nombre. No había ningún nombre que definiera como podíamos nombrarte, así que solo en ocasiones urgentes, urgíamos por llamarte como anteriormente te hiciste llamar y abandonaste tu cargo para ser el Plebeyo; cuando aquí en Sky High tenias título de caballero. Pero ahora el ser caminante, el recipiente vacío que caminaba con tu voz y tus ausentes ojos desapareció lentamente.
Poco a poco, vi el color en su cara. ¡Asustadas un día lo escuchamos reír! Las melodías desaparecieron, y una noche friolenta decidió abrir su armario para dejar entrar toda felicidad que estaba apretujando ahí dentro, y sacar a todos los monstruos que lo atormentaban por las noches, produciendole sus grises ojeras. Y de ahí, saco una canción. Una canción acerca de lo injusto que puede ser el amor. ¡ Volvía a hablar de amor sin restricciones! Podía volver a reír y el Mosquetero que una vez se alzo grande y triunfante volvió a surgir. Ahora, te nombraremos por obra y gracia de Yuswanavewiu. No hoy, porque Godot anda ocupada terriblemente con un largo ensayo acerca de escritores de la literatura del siglo XX. Pero pronto te nombraremos, aquel que volvió a nosotros. Aquel caminante que vuelve a ser cariñoso, que vuelve a bailar, que causa sensación y ¡que esta enamorado!

1 comentario:

  1. hace tiempo que no leía algo que - de verdad - me hacia reir, llorar, arrecharme conmigo mismo, imaginarme las cosas y querer ser una vez mas el plebeyo de sky high...

    por cierto, voy a guardar esto en mi computadora, y en un ordenador de archivos más importante...

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