
Temerosa, con su cabeza en mis manos, abrí los ojos. Aunque había una multitud loca gritando, flashes de cámaras y personas alrededor, yo no escuchaba. Solo veía tu cara llena de contradicción, desesperación y duda. Tragando saliva con dureza, musite “Buena suerte”, te di un beso, pero mantuve mis manos agarrando tu cabeza, como si temiera que te quisieras ir de verdad. En el beso, sonreíste y te separaste. Tomaste mis manos, las besaste y con una sonrisa confianzuda te lanzaste hacia tu destino. Ensimismada y temerosa, salí del corredor y vi el espectáculo. Gritos, pancartas, y una campana. Mirando a tu público, alzaste las manos y ellos correspondieron ovacionándote. Corrí a mi puesto, topándome con gente a quién no había visto. Intentando convencerme a mi misma de algo que no me creía, me senté y deje la comida ofrecida debajo de mi asiento, mi pobre estómago no aguantaría.
Te tomaron para hablarte, y mientras tanto yo veía aterrorizada a tu oponente. Como un equipo entero de futbol, y una mirada llena de arrugas estaba callado, solo y pensativo. El sudor corría por su frente y en el momento en que tope con su mirada, admire tu valor para enfrentarlo. Sus ojos, profundos y tenebrosos, te obligan a desviarlos. Volví a ti, para ver si me calmaba; pero al parecer me había tardado demasiado y acababa de empezar.
Cuando un bailarín se monta en el escenario busca mostrar lo más hermoso del cuerpo, de los movimientos y de la música. Buscan zapatos hermosos, pero que destruyen los pies para poder ser más gráciles. Aunque estén en el suelo, o se acaben de equivocar siguen sonriendo, para poder ser más felices. Siempre son delgados, y no importa cuando miden o pesen, cuando caen siempre lo hacen con el menor sonido posible, asimilando una pluma. Hacen ver los movimientos más complicados y con más necesidad de práctica debido a su complejidad, lo más sencillo posibles. Tutus, vestidos, mallas y mucha escarcha. Si es una pareja, esta llega y hacen como si se besaran, se tocan con la máxima delicadeza y buscan la confianza entre ambos para hacer ver al público maniobras de fuerza, habilidad y belleza.
De ahí mi mundo, de ahí vengo. Con una mentalidad de complacer el público, de la apariencia y el desarrollo de la belleza, me traes aquí.
A la bailarina del cuento que vivía en un castillo, que bailaba y salía nada más cada vez que pasaba la hora, nada le parecía malo. Debía sonreír, agitar los pliegues de su falda, tener su moño perfecto y saber estirarse más grácilmente que nadie. Pero el soldadito de plomo, aquel que empuñaba un arma y debía luchar, ese sí que tenía otra realidad, pero ¿le importó? Ni un segundo tardo él en cruzar la yarda llena de rosas en busca de la bailarina, ni sonreír igual que ella para que esta, ingenua y tonta, cayera ante tu impecable uniforme. Pero ahora, ¿Qué hará la bailarina, una vez que el soldadito caiga cojo? En la dura realidad, aquella fuera del castillo y el escenario, el árbitro acababa de sonar su silbato. La multitud enardecida gritaba, los entrenadores daban instrucciones, los narradores charlaban entretenidos, el marcador retumbaba en música electrónica, y empezaba el baile. Pero no era mi estilo de baile.
Con algo parecido a una armadura y una ballesta, ambos estaban en la época medieval, en los torneos. Protegiéndose la cara, intentaban descifrar los movimientos del otro. Buscaban alinear los latidos propios con los enemigos, para entender y atacar. Bailaban en unas cuentas que no conocía, y a un ritmo que no estaba familiarizada.
Finalmente para mis nervios, tu atacante dio el primer paso y lanzó su ballesta. Fue por muy poco, pero conseguiste esquivar el golpe e intentaste llegar al punto ciego, pero subestimaste la velocidad de tu adversario, que atacó el tuyo primero. La sorpresa y la magnitud de su puño, agravaron el golpe. Sentí que mi corazón se había comido un latido, ya que aire no transitaba por mis pulmones. Debí cambiar de color, ya que por detrás me dieron unas amigables palmaditas en la espalda que me devolvieron a la realidad, y le acordaron a mi cerebro que para poder ver la batalla, debía seguir respirando. Tomé refresco, aquel cítrico que de uva no tiene ni el color, pero nunca despegue los ojos del encuentro.
Seguías luchando, ¿Por qué no volvías? Para mí ya eras más que un samurái, eras más que un guerrero. Pero mi paciencia tenía que ceder un poco, ya que entendía tu situación. En el baile muchas veces falte a cosas, me lesione, perdí la hermosa figura de mis pies, y debí soportar a muchas horas de incontables criticas; sin mencionar que me entregue al mundo de la buena y asquerosa comida. Entendía tu pasión, y me daba rabia no poder refutarte. ¡Pero era tan distinto! Cada vez que ibas y que entrabas, era para destruir. Tú le pondrás otros nombres, pero a mis adoloridos ojos ibas a destruirte y a destruir a tu adversario. ¡Agáchate! No soporto verte respirar forzoso. Seguían bailando, y para mis nervios opte por mis uñas. No importaba el sabor de la pintura, pero debía tranquilizarme.
Seguían bailando y viste algo escondido al ojo natural. Notaste la desproporción de peso de una pierna de la otra y atacaste a la débil. Esto lo debilito, y no pudo responder. Me sentía concorde a la aclamante multitud, y grite en torno a tu victoria. Como pacifista, no me lo perdoné; pero como tu acompañante, deseaba que me hubieras oído.
La pelea era igual de nuevo, y mi ritmo cardíaco se calmo un poco, dándome la oportunidad de acercarme un poco más. Ya había más o menos entendido y procesado la intensidad de tu batalla, porque me pude asomar de la ventana del castillo. Si me veías, ¿te distraerías, o te emocionarías? Optaba fielmente por la segunda, y obviamente en un punto me viste. Lo supe, no pasaron dos segundos. Chocaron nuestros ojos, y se trasmitieron tus sentimientos a mi frágil esperanza, que tembló de arriba a abajo. Siguió el encuentro y ambos encontraron un momento para estallar al mismo momento, un golpe tuyo le dio de nuevo en la pierna; y no supe como apaciguar mis latidos cuando él dio a tu mandíbula y un hilo delgado de sangre broto de tu perfecta dentadura.
Pero el tiempo corría, y se debía tomar una decisión. No podían los dos ganar el encuentro. Bailaste desesperado por el reloj, encontrando una debilidad fuiste a su espalda y le atestaste un golpe a sus costillas. Solté toda mi emoción que debió sonar terriblemente histérica a juzgar por la cara de mis vecinos.
De ahí en adelante, el telón se vino abajo. Agarró tu torso desnudo, te levantó como si fueras una pluma, y ante lo que quedaba de mí, te estrelló contra el piso. Su público lo aclamaba, su horripilante sonrisa salió de entre sus ojos, y vi la cruda verdad de tu derrota.
Estremeciéndote con el impacto, empecé a correr. Tu adversario buscó distancia e impulso, mientras que yo corría sin sentido. Iba hacia él, el tiempo de pensar en que iba a hacer llegaría después, inspiración divina. Mi punto no era tan lejos, pero la concurrida e impactada multitud hacía imposible mi llegada a ti. Intentabas levantarte, buscando fuerzas en donde no tenias, mientras que veía tus músculos temblar. Llena de ira e impotencia vi como tu adversario se echaba para atrás, y luego corría hacia el centro. Lo viste, cerraste los ojos y te obligabas a no ceder. Su mirada solo estaba en ti, y la magnitud de su poder aumentaba mientras se dirigía hacia ti, mientras que ilusa yo, no lograba terminar de llegar. Por más que di golpes con mi débil cuerpo y empujaba a quién pudiera entrometerse, el clímax llegó primero. Se tiró, completamente y sin anestesia, sobre ti. En pleno, me quede cortada. Como si el golpe me lo hubieran dado a mí, como si me hubiera quedado sin garganta, como si exprimieran mi corazón. Soltaste un aliento. ¿Por qué seguía sobre ti? ¡Sigan piernas inútiles! Salí de mi congelamiento, extrañada y asombrada de mi velocidad y llegue al punto. Pasando por todo el mundo, montándome en donde pude, saltando me metí al ring. Se oían gritos, al árbitro se le desorbitaban los ojos, pero mi único objetivo era ese mastodonte. Sin miedo alguno me abalance sobre él, lo saque de ti en un impacto, aprovechándome de su equilibrio y empecé a batir golpes a la oscuridad. Sentía su presión y calor, pero mi horno interno estaba a una temperatura que nunca había llegado y mis puños solo buscaban dañarlo, mientras en su cara se reflejaba la falta de compresión de situación, aprovechándome de la sorpresa que había causado, logre visualizar su cara y comencé a destruirlo. Si tú no pudiste, yo lo haría por ti. Pero parecía inútil, no lograba gran cosa. En lo que pareció un pestañeo fui agarrada por una fuerza exterior, ¡no había terminado! Su cara reflejaba miedo. No podía dejar de gritar, enloquecida. Patee al que me sostenía y te busque. Entre tanta sangre y sudor no te encontraba, mi pelo se metía en la búsqueda. Hasta que vi tu resquebrajado semblante, y me abalance sobre ti. No sabía qué hacer, y entre congelada y llorando te secaba el sudor y la sangre de tus mejillas, musitando tu nombre. No reaccionabas, y tus ojos no lograban un enfoque. Me seque las lágrimas con mi brazo, y tome tu cara en mi pecho. Quería sostenerte como en el principio, como queriendo que el tiempo retrocediera. Mis lágrimas caían sobre ti, mis sollozos no terminaban, mi respiración se salía de control y tú seguías sin hacer nada. Busque tus ojos, los puse frente a los míos y te busque, pero no estabas. Te zarandee, personas y brazos intentaron separarnos, pero para mí eran como gotas de agua. Como perdido, tu respiración era lenta, tu cuerpo pesado y sentía como tu fuerza te dejaba. No morías, pero yo lo sentí así. Cansada y pidiendo que lo que pasaba terminara, te deje en el piso y me acosté sobre ti. No podía ni consolarte, no podía consolarme a mí misma, ¿Qué me pasaba? Ambos perdíamos el control de nuestro propio ser, y mis intentos de ayudarte eran más torpes que útiles. Me separaron de ti, y yo ya no veía. Ya había dejado de oír hace mucho, pero ni sentía quien me llevaba, que me decían, había perdido la noción del tiempo.
Todos los hospitales tienen el mismo color, me preguntaba. Sola, y con la mirada perdida en tus guantes, esperaba a un reloj averiado. Esperaba que el reloj se moviera como yo quería, pero no este no apresuraba el tiempo. Tus guantes tenían tu olor, y tu sudor pero los había tenido contra mi cuerpo tanto tiempo que ya dolía su cercanía, aunque tenerlos a dos centímetros de mi, dolía casi lo mismo. No me acuerdo cuando fue la última vez que dormí, comí, o hable con alguien. Me habían ofrecido muchas cosas, pero eran como invisibles para mí, yo solo quería soledad y silencio. Y pensándolo bien, no quería soledad ni silencio; pero si no era contigo, yo solo quería un abismo negro. No me acuerdo haberme apegado tanto a ti, ya que solo llevábamos tiempo saliendo; pero ahora no había pensamiento ni sentimiento posible que no fueras tú. No podía entender nada de esto en mi cabeza, así que simplemente, tuve que aceptarlo como un hecho y seguir esperando.
En esto, una persona se me acerco. Querían moverme otra vez, como si no hubieran hecho eso los últimos días. Me pare, agarre los guantes y siguiendo un rumbo que no había trazado, llegue a una puerta beishe, donde la persona me dejó. No estaba segura que debía hacer, si irme a mi rincón o abrirla. De repente sentí el peso de tus guantes en mi estómago, y opte por entrar a dejarlos. La manija era fría, no me gusto en lo absoluto.
Mis ojos tardaron una eternidad en entender la situación. Creía que era un sueño, por lo cual no me movía, esperando despertar como las últimas veces. Después poco a poco, fui viendo las diferencias entre mi sueño y esto. Mi sueño siempre era el mismo, pero este estaba averiado; al igual que el reloj. Me acerque, los sueños no pueden dañarte. Y supuestamente ahí estabas tú, como tantas veces había imaginado, pero estaba vez una venda pequeña cubría una parte de tu mejilla y andabas con un yeso en tu pierna izquierda, llena de cicatrices. Me acerque lentamente, y enfrente de ti mire a tu pecho. Debía asegurarme de que fueras un sueño, pero como todas las veces me daba miedo descubrir tanto que fuera así, como que no lo fuera. Con la decisión en que me había lanzado ante ese individuo, moví mi dedo índice a tu pecho y lo toque. De repente sentía. Sentía tela, algodón de una bata de hospital. Debajo un torso, un torso fuerte. Detrás del torso, un tambor. Un tambor pequeño, pero potente. Afincando más el dedo y cada vez más confundida, sabía que había escuchado eso antes. Intentaba recordar el encuentro, y entre lo poco que me dejaba la memoria, recordaba haber sentido algo así cuando me desplome finalmente encima tuyo. Se sentía más tranquilo que antes, cerré los ojos para concentrarme. Intentaba entender que había logrado salir de mi abismo, aquel que hace tanto me estaba sofocando y ahogando, aquel que prohibida la salida. Sabía lo que estaba pensando, y sabia lo que podía pasar cuando abriera los ojos y separara mi dedo, que seguía intacto. Sabía todo esto, pero había estado demasiado tiempo esperando de espectadora, quería volver a bailar, quería volver al castillo junto con mi cojo, pero mi propio soldadito de plomo.
Abrí lo ojos. Seguía estando la tela, el cuerpo y mi dedo. Temblé, como la vez que él te golpeó la primera vez.
Subí la mirada, y me tope con tus pacientes ojos. Tus ojos.
Separe mi dedo de tu pecho, temerosa que dejara de sonar y lleve mis manos a tu cara. Espere ahí, sin tocarte pero sin despegar la mirada. Sonreíste, y me tomaste por sorpresa. Te toque con ambas manos.
Estabas ahí.