
¿Dónde estoy? Pensaba mientras veía las pequeñas burbujas. Pequeñas burbujas que salen de mi boca, como si desearan escapar y luego, en el mar, bailan coquetas. Muestran su esplendor, su reflejo brillante y al llegar allá lejos, a la superficie, terminan su efímera vida, con una milésima de explosión. Repiten el proceso, como hermanas, igualitas, pero de tamaños y formas diferentes.
Toda una contradicción, ya que sonrío y muchas más salen estrepitosamente; pero esto ya no me divierte, porque en el momento en que la última se escapa, yo lo siento. Empiezo a sentir una presión en el pecho. Busco a mi alrededor, ¿Qué lo causa? No encuentro nada y miro en mi pecho, se ve igual que siempre, los vuelos de mi vestido moviéndose rítmicamente al son del océano. Miro abajo: las piedras se mueven para un lado, para el otro y tienen un sonido que relaja mis tapados oídos. Entre la arena dorada veo un pez moverse nerviosamente, dándole con fuerza a sus aletas. Me muevo, para atraparlo, y veo lo arrugado de mis dedos y siento el volumen del agua obligando mi cuerpo a reducir su agilidad y velocidad, aumenta mi peso y me confunden mis movimientos. ¡El pez se escapa! Fruncir el ceño sigue siendo igual que en tierra firme, pero la presión sigue ahí, si no es que ha aumentado un poco. Miro arriba: y la destellante luz del sol en mis ojos hace que me retraiga y al hacer esto, boto más burbujas. La presión aumenta precipitadamente. Me agarro el cuello, pero esto no impide que otras infernales burbujas se acerquen a la superficie, aprieto el punto de presión, justo en el pecho, a ver si su fuerza puede más que la mía. Mi cabeza duele, siente como si estallara. Lo que me ahoga por dentro, gana y yo suelto mi cuerpo, adolorido. Busco una salida, nado y nado hacia un extremo, lo más rápido que puedo. Me detengo, nada. Volteo mi cabeza y voy hacia la izquierda, pasando rápido por mi punto de partida. Mi frustración aumenta como un Canon. Me acuesto en la arena, e intento quedarme ahí, pero una fuerza me impide apegarme a la suave arena que aliviaría mi dolor de pecho. Miro de nuevo hacia arriba y el sol sigue igual de traicionero. Dubitativa, me impulso con mis cansados brazos y piernas hacia arriba. Siento que el final no llega, ¿Dónde era que estaba la superficie? Siento que no me muevo. Lo intento con más ganas, pero esto solo hace que bote más burbujas y que mi cuerpo llore, y por consiguiente me pese. El agua salada en mis ojos empieza a dificultarme la visión, y por más que los restriegue, los abra o los cierre, siguen ardiendo poco a poco. Retomo mi misión, mi mente grita “¡Termina!” mientras mis pies patalean como si estuviera haciendo un berrinche. Como si corriera en tierra firme, y este recuerdo me da fuerzas. Mis manos intentan tomar lo que se siente, pero como el aire, no puedo tomar el agua. Se escapa.
¡Malditas burbujas! ¡No escapen de mi garganta, no abandonen mis pulmones! Desesperada, y con lágrimas invisibles sigo intentando. De repente mi mano rompe una barrera y siente luz solar, como si respirara. Con esta sensación, me quedo ensimismada por el extraño calor en las puntas de mis dedos, pero reacciono, y contraigo mi cuerpo. Después de incontables segundos, y un impulso final saco mi cabeza.
No más burbujas.
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