
Desde el primer momento en que te vi, fue como si algo en mi hubiera conectado. Podrá parecer tonto, o tal vez algo típico de una ilusión muy poco prometedora; pero, ¿quien más para ilusionarse por algo, que yo misma?
Lo primero, fue tu pasado. Como fuiste la sombra de tu hermana, aunque sabias que ella era siniestra. Como una gata montesa, brincaba y hacia los ejercicios que pocos lograban y tenía un fuerte pero sutil tono de voz, que susurraba mentiras como serpiente. Una serpiente que te iba ahorcando con pensamientos de traición y locura, hasta asfixiarte como un a un roedor. Sus ojos, que eran tan dorados como los tuyos, brillaban de excitación y éxtasis puro al contacto con la batalla y el poder; al igual que tu padre. Imagen y semejanza.
Protegido por un lecho inusual, un lejano que te quería como suyo y una madre que te alejaba de la ciega avaricia que los rodeaba. Una madre que siempre te prefirió y saco a luz tus cualidades cuando creías caer sin descenso.
Con la caída de varias batallas, con la muerte de muchos, y el exilio de uno; tu destino cambió radicalmente. En ropas de luto, y una imagen confusa de un escape, el destino decidió encomendarte la misión más difícil de todas. Fuiste condenado a ser justo, donde reinaba la dictadura y opresión.
Muchos te advirtieron, oh príncipe. Pero hiciste oídos sordos, y deliberadamente hablaste de libertad, intentando poner a tu gente primero. No cabía en ti las palabras que pronunciaban, ¿carnada viva? el grito que debió permanecer callado explotó de tu garganta, sin necesidad de un altavoz. Solo bastó que pronunciaras esas palabras.
Te llego tu juicio, debías asumir tus consecuencias. Pero no tenías idea, ¿cómo podrías? Desde un amor tan lejano, tu respiración de repente aceleró, como tocando alarma a todo tu cuerpo. Viste a tu oponente, alguien invencible, alguien inaudible. El gran señor.
No fue cobardía lo que tomó tu cuerpo, fue miedo. Fue pánico absoluto. En medio de una multitud furiosa y expectante de sangre, pediste misericordia y te rehusaste a pelear. ¿Cómo podrías levantarle el puño a quien te enseño a caminar? Pero parece que a ese ser, agobiado y envenenado con orgullo enfermo, no le importó nada con tal de recobrar el honor que le habías quitado durante su presencia. Te lo haría pagar de la manera más cruel que habrías sentido jamás.
Desde el público, hubo alguien que no se atrevió a mirar. Hubo alguien que cerró los ojos y lloró contigo cuando despellejaban tu piel, y te dejaban nada más que carne viva. Una marca que te acecharía toda tu vida, que te distinguiría como cobarde y que te obligaría a nunca olvidar como fuiste abandonado. Como desgarraron tu rostro, lo deformaron y te dejaron buscando aliento.
No fue suficiente tu dolor y humillación, sino que debían quitarte las dos cosas que amabas más que nada y que formaban parte de ti. Te decían, "ella nació con suerte, tu tuviste suerte de nacer." Y al enterrarte un puñal en el corazón, te desterraron con la mísera excusa de que en vez de entregar respeto, solo eras un chillón. Te quitaron tu honor y tu trono.
Viviendo como un desterrado, como un odiado por las demás partes del mundo, y con el corazón marchito de tantas decepciones, te mandaron al mar. A enfermarte de tanta agua salada, de tantos días en una búsqueda frustrada que nadie había podido lograr, a fracasar. Pero hay personas que tienen que luchar, que tienen que sentir el dolor del rechazo, y buscar un camino completamente lleno de soledad. Pero para cada esfuerzo, hay frutos. Frutos para un destino que estaba escrito para ser grandioso, para ser doloroso y cambiar el curso.
Padres, hermanos y abuelos habían buscado lo que se había escondido, y que a ti te mandaron a encontrar. 100 años sin ni siquiera contar con una pista, viste amaneceres y anocheceres en un mar que de pintoresco solo tenía icebergs. Hallar a aquel que podía arruinar a todo tu reino, aquel que los privaría del control absoluto, de la codicia desnuda. Aquel que venía a traer equilibrio, aquel que estaba dotado con agua, tierra, aire y fuego. Aquel que traía sabiduría cósmica, y aquel que tenía muchos nombres, con montones de rostros. Y tú tenías que hallarlo, y destronarlo; destruirlo.
Apareció. Pero eso no fue suficiente, ya que tenías enemigos y muchos obstáculos todavía por superar. No bastaba todavía despertar en medio de la noche, gritando con el dolor palpitándote en el pecho. Aquellos renegados por tu padre, torturados por tu hermana, y con una luz de esperanza que traía tu enemigo, todos se alzaron buscando una diferencia.
Contando nada más con el poder de las llamas, con el olor y las suelas de los pies cubiertos en cenizas; te alzaste a pedirle al cielo, ese que lo único que había hecho era azotarte y darte la espalda, le pediste los rayos. El sonido de los truenos, el zumbido enérgico de la electricidad. Y con todo ese poder, y una opción de volver, te negaste.
Quien se supone tenías que traer muerto, resulto ser tu mayor confidente. Te alzaste para traer sabiduría y la derrota a las escorias que se atrevieron a abandonarte. Te alzaste, para que tus ojos no reflejaran más deseo de poder, sino que reflejaran aquello que alimentaba a tu nación: el sol. Ojos dorados y una cicatriz que desenvainó su apariencia vergonzosa para tornarse heroica, fueron el rostro del cambio; de la fortaleza interior.
No importa que tan fuerte nos tiré el destino, cuánta sangre derrames al rasparte la delicada piel de tu mejilla, o cuantas veces tus prójimos te cierren el pecho para impedirte respirar; aquel que busque un cambio lo encontrará. Tú lo sabes más que nadie, inspiración apasionada. Llena de llamaradas y de vida.
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