
Las princesas primorosas
se parecen mucho a ti:
cortan lirios, cortan rosas,
cortan astros. Son así.
Pues se fue la niña bella,
bajo el cielo y sobre el mar,
a cortar la blanca estrella
que la hacía suspirar.
Y siguió camino arriba,
por la luna y más allá;
mas lo malo es que ella iba
sin permiso del papá.
Cuando estuvo ya de vuelta
de los parques del Señor,
se miraba toda envuelta
en un dulce resplandor.
Y el rey dijo: "¿Qué te has hecho?
Te he buscado y no te hallé;
y ¿qué tienes en el pecho,
que encendido se te ve?"
La princesa no mentía.
Y así, dijo la verdad:
"Fui a cortar la estrella mía
a la azul inmensidad".
Y el rey clama: "¿No te he dicho
que el azul no hay que tocar?
iQué locura! iQué capricho!
El Señor se va a enojar".
Margarita -Ruben Darío.
Hace mucho tiempo que conocí a mi estrella. Digo que es mía aunque no lo sea, pero suena correcto llamarla de esta manera. Mi estrella, mi pedazo de luz brillante, es muy pero muy pequeña. Aunque al principio solo era una presencia agradable, un ser que reflejaba dulzura y cariño, ha logrado adquirir un poco más de calor y poder. Como si poco a poco, se hubiera sentido cómoda en mi planeta. La veía brillar más que antes, la notaba ahí presente tanto de día como de noche; y a veces en las noches, despacito y junto mi ventana, yo la oía reír. ¡Tenía ojos! Unos ojos esmeralda.
pero mi estrella seguía titilando demasiado débilmente como para poder brillar por fuerza propia. Su presencia se volvía cada vez más intensa, los ojos me miraban como suplicando y la estrella no se movía de lugar, sencillamente estaba ahí para todo.
En un momento de tristeza exterior, la paciencia se me agotó. Los cuentos de hadas, las excusas, el reloj de cucó que no se movía, las razones y los deseos a las velitas ya no funcionaban; y viendo la segunda estrella a la derecha, le pedí un deseo en voz alta.
Pedí por que las canciones que tanto cantaba, por fin tuvieran algún sentido.
Y mi estrella escuchó. Mi estrella quería cumplirme mi deseo, quería asegurarse de mantener mi sonrisa siempre viva. Mi estrella, quién era muy callada, por primera vez se precipitó por todas las galaxias, por la atmósfera y estratosfera, y terminó estrellándose en el desierto en donde me encontraba. Con la fuerza del impulso y la esperanza, me ofreció que hiciéramos un contrato. El contrato contenía explicitas algunas reglas, en las cuales se proponía que ella fuese mi estrella, y yo su dueña.
Era tanto la desesperación de mi estrella para que esto se cumpliera que rocío claro y puro destellaba de las esmeraldas de sus ojos, y yo había cometido la torpeza y la rudeza de no tener la prudencia de haber rogado mi deseo a los 4 vientos. Fue muy injusto, y entre muchas cosas, además del factor ilusión, firmé el contrato.
Las siguientes semanas fueron agradables. Mi estrella venía a visitarme, y juntos admirábamos las constelaciones. Veíamos a la Osa Mayor, veíamos a Escorpio y nos ubicábamos siempre, donde quiera que estuviéramos, hacia el norte. En principio fue muy divertido y muy dulce, pero eso fue todo.
Después llego la basura estelar. La basura estelar es aquella llena de chismes, pensamientos impuros, burlas e intimidaciones. Y mi estrella no estaba preparada. Fue lentamente consumida y corrompida por sus efectos, y yo veía su dulce luz brillar como si la distancia se hubiera echo ancha, la veía debilitarse y perder su esencia.
Nuestro contrato buscaba fortalecerse. Buscábamos más constelaciones de las cuales hablar, pero el cielo ya había sido tomado, designábamos viajes estelares a Jupiter o a Urano, pero mi cohete y su movimiento estelar tenían cursos horarios diferentes; hasta llegó un punto en que quise cambiarla. Quise que mi estrella se volviera supernova, quería que radicara en un agujero negro, que se inflara y convirtiera en planeta, pero fue injusto de mi parte. Con todo y las recomendaciones, con los consejos, con los disfraces y las fiestas, parecía alguien que se hubiera puesto un closet que no era el suyo. Pero eran todos deseos tontos y cariñosos de que el contrato funcionara, porque antes iba tan bien que parecía ser destinado.
¡Perdóname estrella! Perdóname por no derretirme por tu timidez, perdóname por no ser agua y llevarte al flujo que desees, perdona no haberte llevado de la mano, perdóname por no haber sido paciente, perdóname por haber sido yo. Tal vez hubiera sido mejor si no buscara vida, emoción y cambios. Es que, querida estrella, no cambiabas. Eras siempre la callada estrella que miraba constelaciones, la callada estrella que miraba desde el filamento, pero no tomaba cartas en el asunto de lo astrológico.
Las estrellas son tan hermosas, pero soy fuego y me gustan las estrellas como el Sol. Las flores son tan hermosas, pero una flor nunca se moverá, ni una real ni una de pared. Los libros son mi pasión, pero relatan la historia que otro más vivió.
A veces, todavía observo como la estrella, que ya no es mía, esta observando mi ventana a ver si me asomo. Todavía observo su risa apagada, sus ojos que nunca miran los tuyos, la voz demasiado baja como para ser audible, la cámara que siempre habría de tomar a otros, y los postres cocinados que se derretirían en el paladar de aquellos que ni conoce; y me sigue pareciendo hermoso.
.. Pero, ¿hubieras preferido nunca haberme conocido, que nunca hubiéramos hecho el contrato, el hecho de que sigo siendo tu dueña aunque tu no mi estrella, o sencillamente hubieras preferido que siguiera rogándote por un sentimiento más verdadero que la lástima?
Querida estrella, perdóname.
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