martes, 8 de noviembre de 2011

pasos de lluvia

Se encontraba en la esquina de un estacionamiento, refugiándose de una débil llovizna debajo del techo de un centro comercial que había cerrado. La atmósfera de las luces bajas, el estacionamiento vacío y el sutil contorno de las gotas con el brillo, hacía parecer a todo bastante irreal.
Tosía constantemente, pero no por el frío, sino por el cigarro, aquel que no estaba acostumbrada y que usaba nada más por las apariencia. Detestaba ese olor a nicotina, esa asfixia que perduraba en su pecho aún cuando no lo hacía y los recuerdos que este le traían. Era como encender una y otra vez la realidad, el inhalar cada acción y cada consecuencia; aunque suene muy contradictorio.

Su piel, tan clara, estaba infestada por piel de gallina, ya que tenía tan poca ropa, que si se hubiera excedido un poco más la podrían haber llevado a prisión. Se la hubiera podido llevar por otras razones, pero realmente no viene al caso.
¿Por qué hablo de su piel, y solo hablaré de su piel? Porque su piel junto con su memoria, eran los principales causantes de su tortura. Lo que la memoria recordaba, la piel ayudaba sintiéndolo todo otra vez. Su piel, que había sido explorada, besada, aruñada, abusada, querida, deseada, era su piel lo más ajeno y lo más cercano. Ingenua ella, creyendo que por no dejar vulnerables sus sentimientos saldría invicta.
Se sentía, y recordaba. Se miraba, y se avergonzaba; porque el cuerpo no es solo cuerpo, porque lo físico y lo mental siempre estarán unidos, porque el cielo y la tierra seguirán amarrados por las cadenas del horizonte.

Había pasado demasiado gente por ese estacionamiento ese día, y era impresionante la calma que se podía apreciar en ese momento. Una calma intacta, una calma anestesiada.
El reloj electrónico titilaba débilmente mostrando que ya eran las 3:11am, y ella lo veía como si estuviera viendo jeroglíficos, maravillada ante algo que no podía entender. Su mente había asimilado al reloj y su significado hace demasiado tiempo atrás, pero la cadena había sido interrumpida. No había reaccionado ante la noticia. No habia reído, llorado, gritado, nada. estaba en un una lenta sensación de letargo, en un estado vegetal.

Sintiendo el último escalofrío que podía concebir esa noche, exhaló y finalmente decidió irse. Caminaba lentamente, pero al verse volteando en la salida y contemplando de nuevo a la mágica escena que se daba solo para sus ojos en ese lygar prohibido para las personas comunes, dió media vuelta.
Con miedo y emoción de por sí, se posicionó a sí misma en el medio del estacionamiento. Se desnudó, y se abrió a todas las sensaciones que le daba el momento. El frío, el viento, el peso de las luces, de su propio cuerpo, el sabor dulce de la lluvia, la incomodidad del cemento bajo sus pies, la sensación indescriptible de ser invisible.

Al día siguiente, un vigilante encontró unas ropas tiradas en el medio de un estacionamiento, todavía húmedas por la lluvia. Buscó en un pequeño bolso, pero tanto la licencia como la identificación estaban en blanco. Recibos, papeles, celulares, agendas, todo en blanco y sin información. No le quedó de otra que recoger rápidamente y abrir el centro comercial a señoras gritonas y apuradas que buscaban hacer una que otra diligencia. El estacionamiento volvió a llenarse, y los puestos y la vida volvió a este lugar, a la ciudad.
Pero yo todavía seguiré ahí, viéndola bailar.