un sueño que parecía ser completamente convencional, un sueño que recaía en lo monótono.
Paseaba por un pasillo de un hotel vacío, sonriente por las travesuras hechas a oscuras, sintiéndome liviana de placer. Caminaba casi de una manera rimbombante, jubilosa y me sentía poderosa, cuando algo llamó mi atención.
Una mujer apoyada inocentemente en la pared, con la mirada perdida y en una espera táctil, con un vacío latente.Tenía el pelo corto y enrulado, oscuro como sus ojos, la forma gatuna de ver las cosas como alguien que espera pacientemente para atacar. Su cutis era como el de un bebé, y tenía unos labios infantiles. Forrada de ropa oscura que enseñaba en fragmentos su figura peligrosamente insinuante. Sus movimientos oscilaban entre lo torpe y lo femenino; y no sabía porque no podía despegar mis ojos de tal espectáculo.
Recuerdo haberme acercado a ella casi por magnetismo, por hipnotismo o tal vez, simplemente porque me atraía su energía a cataclismo. Sin prejuicios, ni sabiendo que hacía, me acerqué a ella hasta que entré en su campo visual; me vio acercarme, sus ojos oscuros fijados en mi y yo sin saber que hacía. Sentía que había algo más poderoso, algo que no podía explicar, arrastrándome, buscando lo que ella parecía contener, y ella me miraba sin buscar detenerme. Sin sentirse atemorizada o dudosa.
Llegue a estar a centímetros de su cara, podía oler su perfume barato, y a veces podía sentir el roce de su falda. Ahí nos encontrábamos, dos extrañas viéndose a la cara como viejas conocidas, sintiendo un deseo interior que rompía cada barrera de lo moral y lo ético. Era hermosa, tan bello como me miraba como si yo fuera algo peligroso, pero sin reflejar miedo; me aceptaba sin pensarlo y yo, con el pulso acelerado no escuchaba a mi mente sino como un eco lejano.
¿Qué sentí cuando la toqué? Fue inexplicable. Era como sentir fuego encerrado en la superficie más perfecta de mármol frío. Su piel, suave y blanca. se erizaba por el simple contacto con la mía, se contraía del impacto por todos los sentimientos que corrían cuando le puse la mano en la mejilla. Vi como se le dilataban las pupilas, como aumentaba su respiración, como encendía calidamente su cara y como abría los labios cual secreto al descubierto. Me acerqué para poder poner entre mi cuerpo y la pared a toda aquella inmensidad de ser que tenía frente a mi. ¿Qué hacía? Me preguntaba a mi misma mientras aceleradamente desvanecía las distancias, mientras que ponía todo mi peso sobre el de ella y mientras que nuestros cuerpos se complementaban a la perfección.
Si nunca la han besado, no podría decir que ustedes han besado alguna vez. No hay sensación que se compare. El cerrar los ojos, después de pasar años viéndose en silencio para poder acercarse, era como si hubiera descubierto como podía hacer que mis sentidos se potenciaran como conectados a un amplificador. Lo peligroso, lo sensible, lo prohibido, lo delicado, lo violento, lo femenino. La besaba y sentía que entraba en contacto con un volcán de lava. La agarraba por la cara, mientras que ella me abrazaba por completo, eramos como hermanas que decidieron crear la mayor utopía. Nunca había amado a nadie como a esa niña en un beso, nunca había sido amado y transformada de esa manera por un ser humano.
Las sábanas eran océanos, su cuerpo, inmensidad profunda, sus caricias como olas de cariño ilimitado y nuestra intimidad como un secreto compartido. Nunca había experimentado como era el estar dentro de un espejo, como se sentía que te destrozaran y que te obligaran a romper todos los esquemas que conocías como reales. Sus ojos eran una enigma que cambiaba su pregunta con cada movimiento, sus labios eran mi posesión y las risas que destellaban a veces en silencio eran producto de su pelo rebelde haciéndome cosquillas.
Creábamos belleza sin proponernoslo.

No hay comentarios:
Publicar un comentario