Había creado un caparazón. Funcionaba a la perfección y convencía a todo el mundo, hasta me tenía sutilmente arrullada por las dóciles mentiras que eran más fáciles de digerir. Aparté todo de mi vista, y como un renacer simplemente reprimía todo aquello que me hiciera daño. A veces, podía más conmigo y terminaba buscando una manera de adivinar sus pensamientos, sintiéndome contagiada por la preocupación general de si cumpliría sus metas o simplemente arrastrada por el deseo involuntario de sonreír pícaramente cuando alguien lo mencionaba.
Logrado una manera de vivir, algo mucho mejor que quedarme tirada en una cama esperando un martirizante mensaje de texto o enterándome por voces ajenas que ahogada por el alcohol y la soledad lo había llamado e insultado hasta más no poder. Parecía maduro, casi inteligente la decisión que había tomado. Me puse a prueba, vi sus fotos y no morí, escuché los quejidos amorosos de una de sus muchas fans y no quise estrangularla por mirarlo; finalmente sentía que una carga se despegaba de mis hombros con la facilidad de un cambio de foco.
Distraída y sin pensar en él, preocupada por cosas mundanas como viajes, graduaciones, muchachos, traiciones, cigarros y carreras, estaba viendo fotos. No sé porque. Simplemente son esas acciones automáticas del cuerpo, como ir a la nevera cuando está con complejo de pecera o de levantarse a un cuarto para las 6 en vacaciones y mi mente y yo veíamos fotos de todo este loco año. San Valentín con mis amigas, Navidad en la Colonia Tovar, los modelos de naciones unidas con mi delegación y de repente salió esa, esa maldita foto.
..............Pasmada por el resurgir inmediato de una conversación en mi mente. Callada ante las imágenes que aparecían ante mis ojos, no en un vibrante monitor, pero con la fuerza de un recuerdo. Aterrorizada al sentir ese conocido dolor instalarse en pecho.
Sonriendo, en la foto hay un par de individuos que sin idea de donde los llevaría 5 meses en su futuro, yacían acostados, uno encima del otro. Disfrazados, riendo, abrazos. Tomándose fotos, que tímidamente se pedirían después y guardarían como secretas. Riendo, susurrando, revelando y casi atreviéndose a soñar en la posibilidad de un "tu y yo".
Existe un pensamiento, una duda dentro de mi que empezó a palpitar mientras que las lágrimas corrían una vez más por mis mejillas. La futura o presente yo, le gritó a la inocente pasado que por qué era tan feliz. Ésta por supuesto, no respondió. La futura yo le advirtió que las cosas no saldrían bien, que él no sería lo que decía, pero la de la foto se mantuvo sonriendo, ingenua. La presente yo calló, y no supo como responder ante los murmullos enfurecidos que conjuraba su interior, y simplemente dejó que todo saliera.
Salieron los recuerdos. Las conversaciones interminables, fueran por teléfono, skype o por ridículos mensajes de texto. Las risas y burlas constantes, los chistes internos y las miles de jodas que estaban determinadas. Las rabias, las peleas y decepciones constantes. Los planes que salieron, las noches que compartieron. Las cosas que nunca se dijeron, las cosas que se gritaron, las personas que se involucraron y el incansable esfuerzo por algo que nunca daría resultado.
¿Que si extrañaba todo esto? En parte no, por supuesto que nadie quiere revivir este dolor. En parte sí, estaba negando una gran parte de lo que había pasado y que extrañaba, indiscutiblemente. Podrían preguntarse si era necesario botarlo de mi vida, si excluirlo de cada parte de mi vida diaria era una solución no demasiado extremista. Podrían preguntarse si estoy mejor con. o sin él, que hubiera pasado si sí, si no, y muchísimas cosas que probablemente yo también me he preguntado antes de acostarme o cuando me estaba duchando.
Volveré a mi calma ficticia, a pretender hasta que me lo crea, a encerrar todo aquello que no debió salir y a cerrar toda aquella herida que quedó al descubierto. Al recomponerme, llenarme de tachuelas, curitas y vendajes, conseguí algunos papeles en el piso. Me senté para revelar preguntas que nunca le hice en voz alta y que me aterrorizaban.
"¿Me extrañas?" decía la primera pregunta. Se desvaneció no más la leí, una vez más sin respuesta.
"¿Hay o hubo alguien más para ti?" reclamaba la segunda. Silencio
"¿Estás molesto porque te alejé de mi?" inquiría la tercera. Sepulcral
"¿Crees que te traicioné, o te herí?" débilmente la cuarta. Estruendoso
"¿Te quedaste sin poder decirme algo?" curiosamente la quinta. Extenso
"¿Qué signifiqué para ti?" calmadamente la sexta. Hueco
y con las manos temblorosas, la pregunta que se reflejaba en mi cuerpo como cicatrices
"¿Alguna vez me quisiste, de verdad?"
Silencio tomó la sala, y finalmente mis ahogados gritos.
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