martes, 31 de julio de 2012

Entendiendo las despedidas

A veces se necesita de silencio o de unas carcajadas con tus amigas para entender. A veces, se necesita del insomnio que producen tus palabras, tu recuerdo. A veces, también necesito de la tristeza y de la falta de apetito, del darme cuenta como han pasado los días y las semanas y yo no he hecho nada, como me he quedado sutilmente ausente, como he dejado  de ser persona desde que te montaste en un avión y abordaste a un sitio mucho más lejano de lo que yo podría imaginar. 
Has dado todas las indirectas de que ya no quieres nada conmigo, o de que si quieres pero no puedes. Son tan sutiles pero yo soy tan perceptiva. Me doy cuenta que nada será como antes, por mucho que lo desee; que las conversaciones se irán disminuyendo así como el cariño  y que pronto tendremos que resignarnos al estúpido consuelo de los recuerdos, y nada más que eso.
Au revoir, te digo hoy porque antes pensaba que seguías siendo mío. He aprendido a llorar sin lágrimas y te he llorado tanto con nostalgias. Debí molestarme y dejarte de hablar, pero ya estoy delirando. Mi mente piensa más de lo que puedo querer y ahora solo soy un silencio que se añadió al ocaso, soy otra de las personas que se quedaron despiertas porque su mente no aquietaba su dolor. 
Con la madrugada a mís espaldas, cansancio y con una vulnerabilidad no explicable, soñaré con los recuerdos que no me puedes privar 

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