A mis antiguos amigos, a los perseverantes.
A mis nuevos amigos, mis salvadores.
Yo no les puedo hablar mucho de las relaciones, a veces pienso que soy y seré siempre un gran fiasco en ese sentido. Tengo demasiados conceptos errados, muchas inseguridades y un plus de exagerada ilusión, pero, creo que les puedo hablar de algo igual de poderoso.
Hay un poder especial cuando haces una conexión especial con alguien. Cuando comienzan a hablar y finalmente se dan cuenta que tienen algo graciosamente parecido. Que fueron a los mismos conciertos y no se conocieron, que les gusta la misma banda, que en secreto tienen los mismos hobbies, que comparten un minuto de unión.
Después y si tienes demasiada suerte, como he tenido yo, logras mantener ese hilo que nació improvisadamente. Les entregas tu carta de presentación y ellos te dan la suya, empiezan a compartir datos y una extraña telaraña se crea en cuestión de risas. Los momentos se van reproduciendo y, aunque me faltan las palabras, empieza a nacer un cariño contagioso, una felicidad burbujeante.
Conoces a un amigo.
¿Es estúpido? No hay nada más bello. No hay fuerza tan poderosa, porque es otra manera de amar. Es amar que casi se le asemeja a la hermandad, es el querer estar con alguien porque quieres ser feliz y compartirlo. Te das cuenta que alguien te ve, que alguien te escucha y que tienes a alguien a quien acudir, ¿qué más pudiera pedir una persona?
La sociedad nos pinta una y otra vez lo que necesitamos para ser felices, nos programa lo que deberíamos desear y lo que va a poder beneficiarnos, un sistema correcto y planificado. A la amistad no le dedican lo suficiente. No creo que últimamente la gente se ha detenido a darle el correcto aplauso a la difícil labor que hace una mano o hombro amiga.
Cuando me gradué, me gradué con muchos amigos y mi grupo invencible de hermanos y, predispuesta, juré que jamás conocería gente así. Tenía razón. No conocí a gente como la de antes, conocí a seres increíbles. Conocí a mujeres hermosas y fuertes, conocí a hombres profundos y cariñosos. Estaba asustada, debo admitirlo. Nunca creí que pudiese sentirme cómoda en un sitio tan lejano a mi casa, a mi familia, a mi círculo, y ¡mírenme! Estoy bien. Estoy feliz. Tengo a gente. Tengo a gente hermosa.
Es amor que vean cosas que tú no ves. Es amor que se preocupen porque no contestes el teléfono. Es amor que te regalen cosas que saben que necesitas. Es amor que te completen las frases. Es amor que sepan cuando te vas a romper. Es amor que te compartan su mundo, así sea solo para que los escuches. Es amor que piensen en ti. Es amor que se pongan en tu lugar. Es amor que te tomen en cuenta. Es amor que te hagan saber que cuentas en el mundo. Es amor que simplemente te sonrían. Es amor que estén dispuestos a entrañarte, por más compleja que seas.
... Puede que a veces me sienta triste porque no tengo una pareja. Puede que muchas veces me de miedo mi reflejo, que me vaya ametrallando con mis pensamientos. Puede que me ponga en duda y que a veces, no vea lo que está ahí, frente a mis ojos. Puede que sea así
Hay un gran dilema con las mariposas: ellas no pueden ni podrán jamás ver sus alas. Puede que jamás vea de que color son mis alas, o realmente hasta donde puedo volar.
¿Pero que importa si otras personas sí pueden? ¿Qué interesa si puedo ver las alas de los demás? ¿Qué más podría necesitar si sé que lo hago puede cambiar a la gente, ayudarlo a ver sus colores?
No hay palabras para lo agradecida que estoy. Para lo mucho que con cada gesto, abrazo, foto, guardada de puesto, mensaje de texto, salida, chiste, soplada de mocos y lágrimas de carcajadas me hacen crecer un poquito más. Si alguna vez tengo la posibilidad de ver mis alas, sé que muchos de los colores que están ahí, estarán ahí por ustedes.
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