lunes, 23 de septiembre de 2013

Vul-ne-ra-bi-li-dad.

No hay nada más difícil que abrir una puerta cuando esta está cerrada con seguro y temor. Todas las puertas que están selladas así, fueron selladas por alguna razón. Nadie se cierra al mundo por mera curiosidad, ya que quiero creer que todos somos "buenos" por naturaleza.
Nosotros cerramos nuestras puertas a quien no queremos dejar entrar, o a cosas que no queremos dejar salir.
Yo, por ejemplo, le cerré la puerta a mi papá. Le cerré la puerta a su violencia, a su manera hueca de querer, a sus imposibles demandas con respecto a mí y lo que yo debía de ser según su opinión y me cerré a la soledad que él desea imponer a todos los que se le acercan.

Yo, también, encerré a todas mis inseguridades. Las empaqué a todas en diferentes cajas según categoría y las comprimí para que no pudiesen dar ni un solo movimiento. Me construí una puerta de hierro y no dejé que saliesen esos monstruos míos que nadie más conoce.

...Pero es imposible, ¿saben? Aquellas cosas que más guardas, que más alejas, que más rechazas, que más temen, siempre terminan por tocar a tu puerta. Te obligan a enfrentarte contigo mismo y aunque siempre tenemos las de ganar, nuestro Ego nos obliga a ni siquiera dar la batalla. Suena extraño el no presentarse en el único conflicto que tienes ganado de una, pero no estamos dispuestos a enfrentarnos a nuestro Ego y menos sufrir las consecuencias de esto, así cosechen buenos frutos al final.

Por mucho tiempo creí que mientras más dura me volviese, menos iban a importarme las cajas encerradas en el sótano de mis temores. Así creemos todos. Creí que, siendo muy cliché, que mientras más vulnerable es uno, más tiene que perder. No podemos tener los conceptos más al revés porque la humanidad no puede caer más bajo. ¡Lo siento, es verdad!

Cuanto más me esforcé por evitar entrar en contacto conmigo misma, más me lo pondrán. Ahora no lo hacen mediante un personaje como Alicia, para que tenga que interpretar en las tablas una historia que, aunque disfrazada, es la mía. Ahora la batalla se presenta en la intimidad.
Uno juraría que la adolescencia, tan repleta de hormonas como esta se presenta, carecería de preocupaciones, problemas o laberintos mentales. En cambio, la adolescencia es el trayecto en donde tus emociones y pensamientos se ven amplificadas y mezcladas en un hermoso torbellino que se llama: identidad. Como mi mente es elocuente y parlanchina, debo decirles que no ha sido fácil.

He encontrado a una persona en donde encallar. En donde abrirme, en donde desnudarme, en donde expandirme, en donde reposar, en donde caer; y me cuesta. Cada vez que abro las persianas siento que pesadillas sin nombre salen por todos los huecos inimaginables y la vergüenza me pobla la cara. Y uno juraría que puede evitarse. ¿Cómo podría cerrarme frente a unos ojos tan dulces, una mirada tan atenta, unos oídos tan dispuestos a escuchar?
Juro que nunca había visto mis errores tan grandes y claros como ahorita, sin embargo tengo el suelo firme como para no querer ahogarme y huir. Por cada pedazo de mi cuerpo que niego, hay un beso tuyo plantado en mi piel. Por cada defecto y crítica, hay una sonrisa y un cumplido.

                                       Tú ves los vasos llenos de mis vasos vacíos,
                                           Los cielos azules en mis mares tormentosos,
                                             La belleza ingenua en mis imperfecciones físicas,
                                               El humor inteligente en mis mayores metidas de pata.

He encontrado a alguien dispuesto a ver el Ying en mi Yang, porque en todo lo malo siempre hay algo bueno ( y viceversa). Cuando estoy contigo, siento que soy tan obsoleta y vacía, pero si alguien tan increíble como tú está a mi lado, supongo que algo bueno tiene que haber y que debo poner empeño en observarlo. Debo admitir que todo da más miedo cuando unes tus miedos iniciales a los miedos nuevos que empiezan por: "No quiero que esto termine", "No quiero que se aburra de mí", "No quiero que me deje", "No quiero que me odie". Aunque, todos dicen que en los mayores deseos y ambiciones siempre hay miedo, porque si no, no fuesen tan importantes. Y así es.

Déjame crecer a tu lado y empezar en esta complicada ruta que lleva al amor. Al que siento por ti y al que debo sentir por mí. A un amor juntos, en pareja, en complicidad y en equilibrio. Si me das esa oportunidad de crecer junto a ti, te juro que te amaré más de lo que nadie te ha amado (aunque creo que ya lo hago).

¿Aguántame un poco más sí?
Por ti, vuelvo a escribir. Y eso es fantástico.

martes, 10 de septiembre de 2013

¿qué es el equilibrio?

Nunca habría podido decir que mi vida estaba equilibrada, jamás hubiese usado ese adjetivo. tal vez cuando era demasiado pequeña como para asimilar las verdades, pero eso solo sería un equilibrio ficticio, hueco (aunque a todos nos funciona, a veces, de a raticos).
siempre existía algún elemento que distorsionara esa lejana imagen del equilibrio. el equilibrio se hacía ver como un instante, como una fragancia que se iba deshaciendo con el pasar de los segundos, el equilibrio para mí nunca fue una realidad. la verdad sea, estaba concentrada en mi dolor. me gustaba. todos nos aferramos tanto a nuestros dolores, que cuando desaparecen nos sentimos incompletos. por eso llevé con orgullo la placa de la "Reina del Drama" cuando me gradué. quería haberme ganado otra cosa, pero viendo como era en ese momento no puedo sino aceptar que fue lo más justo.

Me acuerdo que cada vez que iba a la playa era un sentimiento contradictorio, una sensación agridulce, ya que el sonar del océano me traía paz y a la vez locura. el dejar la rutina, las responsabilidades, el teléfono y la música, hacía que solo pudiese escuchar una cosa además del roce del mar contra la arena caliente: y esa era a mí misma. Escuchaba todas mis inseguridades, mis demonios, mis dolores, mis preguntas, mis miedos y todo se volvía negro por instantes. tendía a deslizarme cuando nadie me veía e irme al techo, a escribir, a mirar a las estrellas, sin disfrutar la hermosa compañía que me esperaba abajo. enfocada en mis dolores y dramas una vez más, sintiéndome como si el peso del mundo se reposara en mis hombros y yo sola era la única persona que debía enfrentarme con aquello que salía cuando yo dejaba de huir. Supongo que eran puras niñerías si lo ven ahorita como se los estoy pintando, pero cada vez que esas niñerías acudían, yo venía a mi blog. a aquél que tengo un año abandonando.
(Disculpa por eso querido mío, creo que por un momento, cambié.)

No estoy molesta de que eso ocurriese, aunque me de lástima pensar en todo el sufrimiento que me hubiese ahorrado si solamente limpiaba los empañados lentes y veía a través de mis lágrimas de cocodrilo. Creo que eso me hizo crecer, eso me hizo escribir, eso me hizo construir el carácter que tengo y el que a veces, pierdo.

He crecido con mi padre, sigue ahí, siendo un obstáculo para mí, pero ya no es el gigante monstruoso que era antes. Mi espalda me sigue doliendo, pero ya no es tan tensa. Los nudos se han ido deshaciendo ellos mismos. El peso sigue en mis rodillas, eso sí que no he cambiado pero ya no me siento que es la causa de mi sufrimiento, y que el solo haber creído eso me parece muy ingenuo en este momento. Le debo mis disculpas a una negra hermosa que está muy lejos de mí y que me dijo cosas demasiado ciertas para que yo las entendiese cuando se las pregunté. Ahorita no podría estar más agradecida, quisiera que aunque sea por los inquebrantables hilos del cariño pueda llegarle el presentimiento de que estoy pensando en ella.

No estoy perdida como estaba antes. Finalmente después de demasiado psicoanálisis de segunda encontré la respuesta que estaba en mí pero que no había querido ver, por estar queriendo complacer a este y a el de allá, y ya estoy contenta de decir que me decidí. El camino es largo, oscuro y no tengo claro ni la mitad de los requisitos que se necesitan para hacer real lo que creo, pero las piezas van cayendo en su camino y todo está empezando a engranar, ese reloj que lleva tanto tiempo queriendo volver a funcionar.

Junto a mí tengo un hermoso ramo de flores. Siempre los había criticado, en un absurdo mar de celos. Si veo mis antiguas entradas, me retrataba como una mártir por amor, aquella olvidada por el mundo y resignada a permanecer en el convento de su soledad. Tonta e ingenua, una vez más. Me había prometido esperar a lo mejor y cuando las cosas se tornaron difíciles, me eché a llorar. Por eso una vez más me río y pido al que alguna vez lea esto, compasión. Ríase de mí como yo lo estoy haciendo ahorita, y si se siente como el aimer fiasco que me sentía yo, dele tiempo. Tenga mi palabra.

Llegó alguien. Me dijo te amo y esperó a que yo fuese capaz de decir lo mismo. Nos conocimos y estuvimos claros que queríamos estar con el otro. Así. Sin más. No han habido complicaciones, simple trivialidades, y si las cosas se tornan agrias a partir de ahorita, sigo estando agradecida a quien volvió a probarme equivocada cuando dejé de creer en él. Ya no hay cafés con leche. No hay noches interminables esperando a una llamada o mensaje de texto. No hay más dudas.

Así que si tuviese que definir el equilibrio, sería aquél momento en el que vas a la playa y ya.
No sufres, tus pensamientos no te agobian y el silencio se vuelve reconfortante, te ayuda a crear.
Te deja oír claramente al mar, sin necesidad de tener un bichito-musical-digital-touch-último-modelo para sentirte descansar. No te escondes del sol más, y las estrellas se quedan solas porque tú estás adentro viendo una película, llena del pegoste de mantequilla con cotufas y lidiando con un televisor más viejo que Matusalen, pero en equilibrio y en paz.