Nunca habría podido decir que mi vida estaba equilibrada, jamás hubiese usado ese adjetivo. tal vez cuando era demasiado pequeña como para asimilar las verdades, pero eso solo sería un equilibrio ficticio, hueco (aunque a todos nos funciona, a veces, de a raticos).
siempre existía algún elemento que distorsionara esa lejana imagen del equilibrio. el equilibrio se hacía ver como un instante, como una fragancia que se iba deshaciendo con el pasar de los segundos, el equilibrio para mí nunca fue una realidad. la verdad sea, estaba concentrada en mi dolor. me gustaba. todos nos aferramos tanto a nuestros dolores, que cuando desaparecen nos sentimos incompletos. por eso llevé con orgullo la placa de la "Reina del Drama" cuando me gradué. quería haberme ganado otra cosa, pero viendo como era en ese momento no puedo sino aceptar que fue lo más justo.
Me acuerdo que cada vez que iba a la playa era un sentimiento contradictorio, una sensación agridulce, ya que el sonar del océano me traía paz y a la vez locura. el dejar la rutina, las responsabilidades, el teléfono y la música, hacía que solo pudiese escuchar una cosa además del roce del mar contra la arena caliente: y esa era a mí misma. Escuchaba todas mis inseguridades, mis demonios, mis dolores, mis preguntas, mis miedos y todo se volvía negro por instantes. tendía a deslizarme cuando nadie me veía e irme al techo, a escribir, a mirar a las estrellas, sin disfrutar la hermosa compañía que me esperaba abajo. enfocada en mis dolores y dramas una vez más, sintiéndome como si el peso del mundo se reposara en mis hombros y yo sola era la única persona que debía enfrentarme con aquello que salía cuando yo dejaba de huir. Supongo que eran puras niñerías si lo ven ahorita como se los estoy pintando, pero cada vez que esas niñerías acudían, yo venía a mi blog. a aquél que tengo un año abandonando.
(Disculpa por eso querido mío, creo que por un momento, cambié.)
No estoy molesta de que eso ocurriese, aunque me de lástima pensar en todo el sufrimiento que me hubiese ahorrado si solamente limpiaba los empañados lentes y veía a través de mis lágrimas de cocodrilo. Creo que eso me hizo crecer, eso me hizo escribir, eso me hizo construir el carácter que tengo y el que a veces, pierdo.
He crecido con mi padre, sigue ahí, siendo un obstáculo para mí, pero ya no es el gigante monstruoso que era antes. Mi espalda me sigue doliendo, pero ya no es tan tensa. Los nudos se han ido deshaciendo ellos mismos. El peso sigue en mis rodillas, eso sí que no he cambiado pero ya no me siento que es la causa de mi sufrimiento, y que el solo haber creído eso me parece muy ingenuo en este momento. Le debo mis disculpas a una negra hermosa que está muy lejos de mí y que me dijo cosas demasiado ciertas para que yo las entendiese cuando se las pregunté. Ahorita no podría estar más agradecida, quisiera que aunque sea por los inquebrantables hilos del cariño pueda llegarle el presentimiento de que estoy pensando en ella.
No estoy perdida como estaba antes. Finalmente después de demasiado psicoanálisis de segunda encontré la respuesta que estaba en mí pero que no había querido ver, por estar queriendo complacer a este y a el de allá, y ya estoy contenta de decir que me decidí. El camino es largo, oscuro y no tengo claro ni la mitad de los requisitos que se necesitan para hacer real lo que creo, pero las piezas van cayendo en su camino y todo está empezando a engranar, ese reloj que lleva tanto tiempo queriendo volver a funcionar.
Junto a mí tengo un hermoso ramo de flores. Siempre los había criticado, en un absurdo mar de celos. Si veo mis antiguas entradas, me retrataba como una mártir por amor, aquella olvidada por el mundo y resignada a permanecer en el convento de su soledad. Tonta e ingenua, una vez más. Me había prometido esperar a lo mejor y cuando las cosas se tornaron difíciles, me eché a llorar. Por eso una vez más me río y pido al que alguna vez lea esto, compasión. Ríase de mí como yo lo estoy haciendo ahorita, y si se siente como el aimer fiasco que me sentía yo, dele tiempo. Tenga mi palabra.
Llegó alguien. Me dijo te amo y esperó a que yo fuese capaz de decir lo mismo. Nos conocimos y estuvimos claros que queríamos estar con el otro. Así. Sin más. No han habido complicaciones, simple trivialidades, y si las cosas se tornan agrias a partir de ahorita, sigo estando agradecida a quien volvió a probarme equivocada cuando dejé de creer en él. Ya no hay cafés con leche. No hay noches interminables esperando a una llamada o mensaje de texto. No hay más dudas.
Así que si tuviese que definir el equilibrio, sería aquél momento en el que vas a la playa y ya.
No sufres, tus pensamientos no te agobian y el silencio se vuelve reconfortante, te ayuda a crear.
Te deja oír claramente al mar, sin necesidad de tener un bichito-musical-digital-touch-último-modelo para sentirte descansar. No te escondes del sol más, y las estrellas se quedan solas porque tú estás adentro viendo una película, llena del pegoste de mantequilla con cotufas y lidiando con un televisor más viejo que Matusalen, pero en equilibrio y en paz.
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