jueves, 6 de marzo de 2014

calma en un vaso de te

Contar esta historia no es sencillo. Vivir esta historia tampoco lo es. Si hay alguien aquí presente y oyente que desee brindarme una mejor alternativa, lo apreciaría ya que yo no sé en donde estoy parada. Estoy viviendo una guerra silenciosa y no, no es como las guerras que he descrito antes que ocurrían en mí interior. Esta guerra ocurre afuera de mí, los protagonistas son personas que ni conozco y que, queriéndolo o no, tienen en sus manos el rumbo de mi vida en estos momentos.
O así lo siento yo.

En esta guerra hay dos bandos. Esta guerra se protagoniza con mentiras y corrupción. Esta guerra la vivimos todos aquellos que vivimos en mi país o que nacimos de mi tierra, no importa en donde estén ahora. Es una guerra que aunque parezca protagonizada por discursos, cárceles, detenidos, bombas, sangre, odio y gritos, no es por eso. Esto es una guerra por sostener un pedazo de tierra llamado "nación" que nadie quiere ya compartir. Esta guerra es un intenso jalar de la cuerda, porque cada uno queremos nuestra propia versión de Venezuela. Estamos en guerra porque hemos dejado de escuchar y cooperar y hemos decidido quererla para nosotros, cada quien tirando lo más fuerte que pueda, sin importar como quede nuestro pequeño país después.

Toda guerra tiene protagonistas, malos y buenos (si quieren llamarlos así), líderes y seguidores y también, un singular grupo de espectadores. Mi rol ha sido el último nombrado y no puedo contarles lo difícil que me ha resultado. No puedo describir la impotencia que siento de no poder hacer, de no encontrarme en este caos, de perder la ilusión del "control" como nunca antes, de ver a mis seres queridos a la merced del destino sin importar cuanto quiera ponerme en su lugar. No puedo empezar por explicar lo desagradable que es ver a los indiferentes que van al cine mientras otros mueren, que hacen mercado mientras otros miles están ahogados por bombas, soñando felices por sus inesperadas vacaciones cuando hay tantos otros que no pueden dormir por los constantes e interminables gritos. Aunque sea eso agradezco. Agradezco estar consciente de lo que sucede, aunque a veces tengo que distraerme y obligarme a despegarme de las noticias. Los ataques de pánico son constantes y aunque parezca inútil que los tenga viviendo la realidad desde el lugar de los espectadores, los tengo porque no puedo evitar querer estar en su lugar.

Quisiera ser hombre, quisiera tener más agallas y huir de casa, quisiera poder tener el coraje y ponerme delante de los guardias, quisiera ser de aquellos jóvenes hermanos míos que han sido detenidos y alejados de su familia, torturados y acechados por la injusticia. Quisiera poder estar en su lugar, porque no puedo sino sentirme que mientras ellos hacen, yo solo recibo las consecuencias de sus valientes y admirables actos. Quisiera poder hacer algo, lo que sea.

Los espectadores a veces no tenemos opción. A veces entendemos que es mejor quedarnos con todo y la arrechera, pero sabiendo que es mejor acompañar a tu hermana menor, que solo tiene 15 años y que se quedaría sola sino es por ti. A veces tenemos que quedarnos para devolverle una sonrisa a tu exhausta madre cuando vuelve del trabajo, de la búsqueda (o más bien lucha) por conseguir comida. A veces es mejor quedarte hasta las 6:30 de la mañana despierta para contestarle los mensajes a tu novio cuando te necesite, tu novio que sí vive en lugares de disturbios y miedo, tu novio que necesita a alguien que lo escuche y alguien que le transmita paz. A veces es mejor ser el hombro de tus amigas desesperadas que, como tú, están a pasos de perder la cordura. A veces, es mejor quedarse y darle un plato de comida caliente, un te, hielo para su dolor de cabeza y ser aquél que reciba al héroe. En otras oportunidades también podremos ser héroes (o heroínas). Solo hay que entender en donde ayudamos más y donde podemos brindar más paz.

Parece fácil de entender y obedecer, pero créanme, no lo es. Todos los días renazco en la misma realidad, en días que parecen pasar y ser iguales. Cuando nos damos cuenta, llevamos casi un mes que entramos en la absoluta anarquía. ¿Entienden siquiera el miedo que sentimos aquellos que por otras personas perdimos noción del tiempo, de nuestra vida, de nuestra rutina y obligaciones? Ojalá hubiese sido a cambio de algo más que desesperación, angustia, miedo y mucho, pero mucho odio.
Todos nos llamamos nombres, todos buscamos separarnos, clasificarnos, juzgarnos y no puedo sino pensar que el cambio recae en que no podemos ver a la persona que está a nuestro lado porque la consideramos diferente. Siglo XXI y vivimos en la discriminación más dura. Discriminamos por el color de nuestra piel, ojos, color de cabello y acento. Discriminamos por posición social, pensamiento ideológico y religioso, discriminamos hasta aquellos que piensan y se ven igual que nosotros. Así de mal estamos. Lo peor de todo es que vivimos en el país con la mayor mezcla de razas, culturas y países. Somos descendientes y progenitores de la mezcla, sea que termine café con leche o marrón bien oscurito.

De nuevo mi querido diario online y tan cercano amigo, no sé que más hacer. Sé que tengo una brújula interna, sé que debo buscar a los girasoles, sé que debemos rescatar la unión y la alegría tan distintivos de mi Venezuela. Sé que todos debemos dejar de decir que amamos a Venezuela y empezar a demostrárselo con acciones, con hecho puro y duro, ¿pero qué hago? ¿Dónde soy de utilidad? ¿Dónde puedo ser lo mejor de mí misma y ayudar?

Si tienes las respuestas por favor, así sea por señal divina, ayúdame. Ayúdame a no perderme para intentar ayudar a todos los que están dando la batalla por mí. Enséñame a ser su reportera, su sanadora, lo que sea. Sólo guíame.

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