Mi abuela es
como el mar. Poética e inentendible. Tiene esas cualidades dulces, agrias y
misteriosas del océano, tan profundas y atrayentes.
Ella siempre
parece a primera vista, sutil y frágil. Cuando finalmente estás con ella y
vives su sentir, es que puedes empezar a apreciar lo extraño de su ser. Cada
frase que dice, podría ser la cita importante de un libro, siempre cargada de
una sensibilidad y una manera sutil y poderosa de decir lo que sea; de enseñar
en lo inconsciente.
Tiene una manera
de querer, que aunque parezca ruda como una ola o un revolcón, busca siempre
ayudar. Ella es de las pocas personas que conozco que viven realmente con la
economía de las palabras, diciendo justo lo que es necesario y aquello que
puede mejorar al silencio. Honesta es, siendo honesta en cada cosa que dice y
hace, siendo predicadora genuina de lo que cree.
Vive del amor a
los libros, dejándome a mí esa herencia, elemental para el disfrute de la
vida. No solo el leer, sino dar libros
que cambian vidas, que crean mundos, que elevan la conciencia, que hacen vibrar
las almas.
Mi abuela es
como un dulce placer, que duele; como todo aquello que vale la pena en la vida,
siendo como aquellas problemáticas escritoras a quien ella tanto admira. Leer
la carta de suicidio de Virginia Wolf me recordaba a ella, sabiendo que ella
podría fácilmente escribir algo así.
Mi abuela me
crió. Mi abuela me moldeó y lo he empezado ver siendo "grande y
consciente". Creciendo y evolucionando es que he podido notar la estela de
las personas que me han amado, en mi propia piel. En mi ser, en mi actuar, que
veo sus dulzuras en mis propias huellas, y es ahí que entiendo el amor; un amor
que trasciende a niveles inentendibles, más complejos que la genética o la
herencia mismas.
Como el océano,
Mamama mía, permaneces en mi vida. Permaneces como suave espuma en mi interior,
guiándome hacia cosas maravillosas, que no conozco y que conoceré mediante me
hunda en tu inmensidad.
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