martes, 28 de julio de 2015

exhalación. meditación. necesito el mar

Quiero comenzar una vez más. Quiero comenzar una vez más mi vida, mis decisiones, aquello que me ha traído a este punto, el cual, sinceramente, no sé bien cuál es. Lo que sé es que el día de hoy me siento como Alicia, una vez más, en el medio de un laberinto de caminos, en un bosque muy oscuro, en cuya cabeza solo resuena la voz del Gato, haciéndome preguntas incesantes que no puedo responder. Una y otra vez me debato de mi identidad. ¿Quién soy?¿Qué me gusta? ¿Quién es aquella quien yo proclamo ser, en comparación a quien voy constantemente creando?

Por instantes me siento como todo al mismo tiempo. Digo cosas y me siento como una niña, ligera, correcta, en paz con el mundo, me siento pradera, sol y viento, como una honda inspiración, como un timbre en el colegio, como una carcajada. A veces, sinceramente, me siento así.

Hay otras veces soy una hoja que el viento no puede mover. Soy pesada, confusa, desgastada, suela en concreto, líquido desparramado en el suelo y también la media mojada. Esos días soy un “Ugh” que lo único que no aborrece es su cama.

Hoy, me siento como el mar en una tormenta. Me siento cargada, eléctrica, furiosa, trueno, grito, cristales rompiéndose, una discusión interminable con alguien que no tiene sentido, es la comida que se quemó, es la diligencia que fuiste a hacer y te costó demasiado, para terminarte dando cuenta que el banco ya cerró. Así. Como para amanecer en un mundo diferente donde el universo pueda ser un poco más amable.

También me gusta ser como una gota. Como un ritmo: precisa. Me gustan las cosas organizadas y simétricas, me gusta sentirme sabia y vieja, con un alma de miles de años y de una sabiduría de millones de experiencias, con un camino que se posa ante mí luminoso, con una espalda despejada y el ceño tranquilo. Me gusta sentirme que puedo hablar con voz ronca y estar en son con el universo, con mi universo, me gusta estar conectada, con la gota con la naturaleza.

Pero debo entender que yo lo soy todo. Soy cada una de estas personas y estados, soy todos los universos que en mí habitan y que en mí se agitan, sé que soy todos aquellos que siento hablar, que a veces sonríen de otras vidas cuando ven algo que les recuerda. Soy un cúmulo de estrellas que se va descubriendo por el mismo telescopio que pasa toda su vida observándolas, sin saber que están ahí, pero presintiéndolo.

Y en el camino en donde voy, que no es tanto un camino mas que un viaje, debo intentar no perder los estribos cada vez que el peso debajo de mí se haga más delgado y me sienta sin control.

¡Deseo ser tantas versiones de mí misma que no sé ni por donde empezar!
Pero por ahora solo sé que tengo un nombre, y ese el mío: Camila. Pero tengo mil sobrenombres que contienen mil historias que son mías, así como un millar de personas que se llaman como yo y sueñan lo mismo. Por tanto, ¿cómo puedo buscar mi identidad, o querer moldearla, crearla concretamente, si realmente jamás podría existir?

Mi identidad es algo como el tiempo, como los segundos, que se desvanece en cada instante, en cada gota que baja, en cada pensamiento que atraviesa una mente, en cada latido de un corazón, ¡Camila no existe! Y aquí está, escribiendo que a veces, ella es el universo entero. Si digo saber quién soy, en qué soy buena o mala, probablemente es porque esté fingiendo. No creo poder saber, porque sería como querer ponerle un nombre a una infinitud infinita.

Sé que he hablado como un vómito verbal, pero así está mi cerebro ahorita, cambiando de la persona que era antes de escribir, para recibir a esta nueva persona que surgirá al leer esto que mis dedos escriben y yo, pasivamente, espero recibir. Entonces, hoy intentaré recordarme una vez más que el control es una ilusión, que debo buscar mi felicidad, que mi ego es terco y estúpido y que prometí retribuir el amor que me dieron. Esas todavía son promesas que han cambiado conmigo, a cada momento, y han permanecido ahí, trascendentes.


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