¿Por qué tienen que
gustarte las pasas? ¿Por qué te gusta Tarantino, el fútbol, la cerveza y el
café? ¿Por qué si tus pasiones son tan diferentes a las mías, hoy no puedo
despegar mi mente de ti? Aunque en un entorno tan diferente, todo hoy me
recuerda a ti. Me recuerda a ti y de una el dolor sube por mi garganta, mi
mente se niebla, todo pierde interés y mis ojos me delatan. Las pasas, las
malditas pasas que siempre termino dándote. Son increíbles las pequeñas cosas
que escoge mi inconsciente para hacerme querer llorar y salir del cuarto.
Las voces suenan a eco
lejano. Lo único que busca mi atención por el rabo del ojo es mi teléfono, en
donde estoy evitando hablarte. Es como si me rogase que te perdone. Que deje el
orgullo y la estupidez, pero no puedo esconder mi molestia. Quiero que me
demuestres que puedes cambiar, quiero que me demuestres que te importa si en
verdad no puedes. Ayer antes de irme a dormir en sueños obviamente
intranquilos, me lo prometiste. Me prometiste que mis palabras no rodarían en
el abismo, que no seguirías repartiéndome palabras vacías con intención de
callarme (aunque eso último lo estoy añadiendo yo, obviamente. Jamás me dirías
algo tan cruel).
Me quitas energía, es
como si mi cuerpo no tolerase el daño, la tristeza, me drenas de ánimo y de
voluntad. Haces que lo único que pueda
tolerar es Lana del rey y sabes muy bien qué tipo de ánimo debo tener para
escuchar Lana. Es como un “micro depresso”.
Y lo peor es que
después de todo esto, lo único que quiero hacer es abrazarte, sentirme en tus
brazos, escuchar tu risa y olvidar todo este reclamo. Tienes un efecto en mí
que es escalofriante. Mueves mis días. Nadie había llegado tan profundo. Yo te
dejé entrar y eso tiene sus consecuencias y estoy feliz con eso. Pero duele.
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