lunes, 11 de mayo de 2015

La dulzura del mar


Mi abuela es como el mar. Poética e inentendible. Tiene esas cualidades dulces, agrias y misteriosas del océano, tan profundas y atrayentes.

Ella siempre parece a primera vista, sutil y frágil. Cuando finalmente estás con ella y vives su sentir, es que puedes empezar a apreciar lo extraño de su ser. Cada frase que dice, podría ser la cita importante de un libro, siempre cargada de una sensibilidad y una manera sutil y poderosa de decir lo que sea; de enseñar en lo inconsciente.

Tiene una manera de querer, que aunque parezca ruda como una ola o un revolcón, busca siempre ayudar. Ella es de las pocas personas que conozco que viven realmente con la economía de las palabras, diciendo justo lo que es necesario y aquello que puede mejorar al silencio. Honesta es, siendo honesta en cada cosa que dice y hace, siendo predicadora genuina de lo que cree.

Vive del amor a los libros, dejándome a mí esa herencia, elemental para el disfrute de la vida.  No solo el leer, sino dar libros que cambian vidas, que crean mundos, que elevan la conciencia, que hacen vibrar las almas.

Mi abuela es como un dulce placer, que duele; como todo aquello que vale la pena en la vida, siendo como aquellas problemáticas escritoras a quien ella tanto admira. Leer la carta de suicidio de Virginia Wolf me recordaba a ella, sabiendo que ella podría fácilmente escribir algo así.

Mi abuela me crió. Mi abuela me moldeó y lo he empezado ver siendo "grande y consciente". Creciendo y evolucionando es que he podido notar la estela de las personas que me han amado, en mi propia piel. En mi ser, en mi actuar, que veo sus dulzuras en mis propias huellas, y es ahí que entiendo el amor; un amor que trasciende a niveles inentendibles, más complejos que la genética o la herencia mismas.

Como el océano, Mamama mía, permaneces en mi vida. Permaneces como suave espuma en mi interior, guiándome hacia cosas maravillosas, que no conozco y que conoceré mediante me hunda en tu inmensidad.
 
Te amo, ojalá seas infinita en mí, como el mar es en el horizonte.

Brotes


Cuando llegaste a mi vida, algo floreció dentro de mí. Crece, evoluciona, cambia y se expande. A veces, cuando me veo hablando de ti puedo sentir algo fluir en mi voz, algo cambiar en mis ojos, algo florecer en mi sonrisa y en mis mejillas. Yo por fuera no cambio, pero dentro de mí hay nuevos brotes y pétalos, nuevas sensaciones que sólo tú produces.

¿Cada vez que conozco a alguien florecerá algo dentro de mí? ¿Soy un ramo, una jungla, un jardín de las huellas que las personas han dejado en mí?

Si es así, tú has sembrado las flores más hermosas que siento dentro de mí.

Son hermosas, como tú.

Miedos


Cuando cerré la puerta detrás de mí, me di cuenta. Me di cuenta de todo aquello que hablan en los mayores clichés, porque en todo cliché hay verdades.

Cuando te fuiste se quedó un vacío.

Me recibió una casa sola y silenciosa, cuartos opacos sin tu sonrisa y espacios mudos sin el sonido de tu risa.

Me llaman a decirme que me van a ir a ver, que continúa el plan, que todo sigue, y mis ganas son nulas. Después de tanto tiempo contigo, ¿qué voy a querer hacer sin ti?

Tengo miedo, tengo miedo a las distancias, a la soledad, al tiempo y a los kilómetros, porque si bien nos hemos podido ver tanto, ¿quién soy yo cuando tú no estás a mi lado?

Es como si una parte de mí se escondiese, se callase, se apartase.

No hay barreras ya que haya puesto entre tú y yo. Las derrumbaste, las hiciste añicos y cambiaste mis paradigmas. Me abrí por completo y sin temor, pero ahora temo en que me vayas a hacer falta cada vez que te alejes, cada noche que pasemos sin vernos o sin hablar. He compartido cada rincón de mi mundo contigo, y simplemente tú los has ido retocando todos, cambiándoles el color y la forma, añadiéndoles brillo.

Ahora entiendo tu tristeza al dejarme ir, porque hoy la sentí más fuerte que nunca. Definitivamente, no sé si podría jamás aguantar una relación a larga distancia, como una negrita que conozco. La idea de pasar semanas o incluso meses sin poder abrazarte, darte un beso o verte sonreír es un dolor físico.

Cuando te toco es como si mis dedos se llenaran de curiosidad, de ambición, quiero todo de ti. Cuando tus dedos me tocan es como si el camino que dejaran me fuese incendiando, mi temperatura de acrecentar y una vez que me rozas, ese pedazo de mí es diferente.

Perdóname, pero estoy enamorada de ti. En el amor tipo clichés, en el amor ambicioso que quiere todo y lo mejor, que desea todo de ti y dar lo mismo de mí. Sólo te amo hoy, y al cerrar esa puerta sentí el vacío en el estómago, pista de lo que podría sentir si llegas a salir de mi vida.

Y me asusté.